Jamás vi al fútbol argentino así. No digo bien o mal, digo así.
El presente del torneo local es tan desconcertante que cuesta inclusive realizar juicios de valor. El torneo de treinta equipos tiene un nivel tan bajo como exquisito. El formato de zonas y playoffs es tan injusto como apasionante. La cantidad de empates sin goles y triunfos (o derrotas) por la mínima habla muy mal del poderío ofensivo de los equipos y muy bien de las defensas férreas.
En ninguna otra liga del mundo los clubes pueden cambiar tanto su ubicación en la tabla entre un año y el siguiente. En ningún país, los clubes grandes pueden desmoronarse y resurgir en cada semestre.
No voy a hacer alusión a la tabla, porque las fechas comienzan cada cuatro días y todo cambia partido a partido, pero el River de los ex campeones del mundo no cosechó puntos en sus primeros tres encuentros; el Boca de Paredes y compañía perdió 3 a 0 con Riestra, un club que hace doce años jugaba en la quinta división del fútbol local (Primera D).
San Lorenzo sigue en su extensa agonía ganando y perdiendo (casi siempre por un gol), mostrando así mucho más orden en la cancha que en las oficinas. Racing elige a uno de sus máximos ídolos como Presidente y la propia voracidad de los fixtures devora los restos de un equipo campeón.
En medio del caos, Independiente elige a un entrenador evidentemente serio y trabajador que le permite comenzar bien el campeonato, pero pierde con Vélez y vuelve a tambalear. Vélez es ese mismo conjunto que supo pelear descensos y campeonatos de manera itinerante: un año mirando los promedios, otro año mirando las copas; un semestre mirando desde abajo, el otro levantando el trofeo.
Nuestro fútbol se ha convertido en un sistema absolutamente impredecible. Todos pueden ganar; eso ambiciona y enloquece en partes iguales. Clubes que jamás han sido campeones pueden lograrlo, sino pregúntenle a Platense, a Independiente Rivadavia, a Central Córdoba, a Belgrano o a Colón, que en 2021 levantó el título y hoy juega en la B Nacional.
Los técnicos ya no pasan por los clubes, vuelan. Los planteles se rearman totalmente cada seis meses, una práctica que años atrás correspondía solo a los equipos del ascenso. Los hinchas se enamoran de futbolistas y de formaciones que terminan insultando algunas semanas más tarde.
A los fanáticos les cuesta incluso seguir a sus propios clubes: va tan rápido que es difícil seguir al cuadro en liga, copa local e internacional (si es que la juega). Un plantel puede enfrentar hasta tres partidos en menos de una semana, cuando antes el fútbol era solamente cosa de los domingos.
El fútbol argentino es ese mundo inexplicable en el que un conjunto valuado en 17 millones de euros (Barracas Central) puede vencer a uno de 137 millones (River Plate) en su propia cancha. Es ese escenario ilógico en el que un entrenador es despedido por perder 4 a 0 de local después de haberle ganado al Corinthians en Brasil tres partidos atrás. Ese paraíso en el que hay clásicos importantes prácticamente en todas las fechas y ese infierno en el que no pueden ir los visitantes al estadio.
No hay conclusiones, solo sensaciones. El crudo dolor de la derrota y el dulce sabor de la victoria son efímeros, siempre se está a pocos días de repetir o alterar el rumbo. Nos enojamos y sufrimos, pero seguimos estando.
Pensar en el fútbol argentino es tan agotador como necesario. Si lo dejamos ir, se lo van a llevar. Mientras lo pongamos en duda, disfrutándolo, yendo a los estadios y participando en nuestros clubes, seguirá estando acá cerquita, en el barrio.



